En los últimos años, Naciones Unidas ha dado pasos decisivos hacia la descentralización y el cambio de sedes de sus organismos, una estrategia destinada a acercar la toma de decisiones a los retos sobre el terreno, reducir costes operativos y reflejar mejor la realidad multipolar del siglo XXI. Esta transición implica transferir competencias de las sedes históricas de la ONU (como Nueva York y Ginebra) hacia oficinas regionales en África, Oriente Medio y Asia, en respuesta tanto a necesidades operativas como a demandas de equilibrio geopolítico y eficiencia. Así, la puesta en marcha de nuevas sedes y la delegación de autoridad están siendo adoptadas como una vía para empoderar a países anfitriones y dar más voz e impacto a las regiones tradicionalmente receptoras de ayuda.
Un caso paradigmático es el traslado de las sedes globales de UNICEF, UN Women y UNFPA a Nairobi anunciado para 2026: una medida que convertirá a Kenia en el cuarto gran hub mundial de la ONU junto a Nueva York, Ginebra y Viena. Este cambio traerá desarrollo económico y reputacional para el país africano, al tiempo que plantea retos en materia de gestión del talento, infraestructura y adaptación organizativa. Más allá de África, la tendencia es global: informes de la ONU destacan cómo la descentralización fortalece la efectividad y legitimidad de la acción multilateral, aunque también genera debates internos y negociaciones diplomáticas complejas sobre funciones y recursos.
En Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudí han emergido como anfitriones clave de esta nueva ONU descentralizada. Qatar inauguró el “United Nations House — Doha”, consolidándose como plataforma estratégica para la actividad regional de distintas agencias de la ONU; Emiratos ha incrementado su colaboración y alberga centros relevantes, mientras que Arabia Saudí ha fortalecido sus oficinas de coordinación y cooperación en sintonía con su estrategia Vision 2030, posicionándose como actor central no sólo en donaciones de ayuda internacional sino en influencia institucional. Este protagonismo refleja el creciente papel de Oriente Medio en el multilateralismo contemporáneo y los beneficios recíprocos de acoger organismos internacionales: desarrollo local, visibilidad internacional y nuevas capacidades institucionales.
Un matiz importante, la descentralización no significa mover “la sede” (Nueva York, Ginebra o Nairobi), sino transferir funciones, recursos y capacidad operativa hacia oficinas regionales y de país.